domingo, 16 de agosto de 2009

DIPLOMACIA: Origen de la palabra

DIPLOMACIA: Origen de la palabra
Con frecuencia la etimología de una palabra puede decirnos mucho de su acepción. Según Monleau “diplomacia” viene del griego diploos –doble- y en ese sentido se referiría a aquello que se dobla o a aquello de lo cual se guarda duplicado. Tal es el caso de los papeles, despachos, bulas y demás documentos de los cuales se guarda original, enviándose el duplicado al destinatario. De ahí salió –en esa doble acepción- el sentido actual de diplomacia que quiere decir “servicio de los estados en sus
relaciones internacionales”. Otra acepción desfigurada nos lleva a confundir diplomacia con cortesanía aparente o interesada o bien con política, dando a esta palabra el sentido de arte o traza con que se conduce un asunto o los medios que se emplean para alcanzar un fin determinado. Al diplomático le vuelcan en los diccionarios de sinónimos una carretada de vocablos; entre los muchos sentidos que Barcia da a esta palabra se encuentran los equivalentes de disimulado, astuto, sagaz, ladino.Si de los diccionarios pasamos a los tratados vemos que el tratadista español Ricardo Spatano tiene por diplomacia a la ciencia de las relaciones exteriores de los Estados y al arte de las negociaciones. En definitiva, la diplomacia es lo contrario de la guerra. Por eso en la iconografía clásica la diplomacia está representada por una majestuosa mujer que ciñe su frente con una corona de laureles, que pisa trofeos guerreros destrozados.En la diestra tiene una pluma y con la izquierda sujeta un papel desplegado que dice: “mis poderosas armas son la persuasión, la sagacidad, la cautela y la sabiduría”.Es necesario, pues, formar hombres que no sólo posean condiciones de talento, de habilidad, de tacto, sino que además sepan encauzar éstas condiciones por caminos que ofrezcan mayores probabilidades de éxito. Porque si bien la ciencia es la medida de la verdad, el arte es la medida del hombre. La diplomacia es una arte en el que todo está condicionado a las cualidades y méritos de sus cultores. La historia de la diplomacia es, pues, la historia de sus grandes hombres, de sus Dosat, Temple, Torcy, Trautmansdorf, Kaunitz, Bismarck. Y ha tenido también sus mártires. Quizás el primer hombre que pagó con su vida el cumplimiento de una gestión diplomática fue Dicetas, orador tebano que floreció doscientos años antes de nuestra Era. Enviado por su patria junto a Quinto Marco Filipo, que gobernaba Calcis, para disculpar a Tebas por haberse unido a Perseo, al llegar a su destino los tebanos refugiados en Calcis, en castigo por haberse unido a los romanos, lo encerraron en una torre. Dicetas se suicidó en prisión. Existieron así mismo las mujeres diplomáticas. Por las condiciones de carácter que hay que poner a prueba; quizás no hayan sido mujeres muy afectas a la diplomacia. Sin embargo, las ha habido, y muy felices en sus gestiones. Tal es el caso de Renée du Bec, viuda del Mariscal de Quebriant, nombrada formalmente embajadora y acreditada como tal por Luis XIV ante Ladislao IV, rey de Polonia en 1646. Se conoce en la historia con el nombre de “Paz de las damas” al tratado de Combrai elaborado por la madre de Francisco Iº y la archiduquesa de los Países Bajos, tía de Carlos V, en calidad de plenipotenciarios.El caso más curioso de la historia de la diplomacia fue el de Eon de Beaumont, en el siglo XVIII. Después de haber servido en los ejércitos de Luis XV fue nombrado por este monarca su agente secreto, primero en San Petesburgo y después en Londres. Secretario de la embajada del duque de Invernáis, puso en juego tales condiciones de simpatía y don de gentes que el rey Jorge III lo honró con la misión de ser él en persona quien llevara a Francia la ratificación del Tratado de Paz. Pero, siendo Ministro plenipotenciario reveló el secreto de algunos documentos, y fue destituido. Más tarde, a raíz de un ruidoso proceso entablado en 1777, se difundió que Eon de Beaumont era mujer y no varón. No teniendo nada que hacer en Londres, este curioso personaje retornó a Paris buscando que el Rey lo perdonara. Después de muchos dimes y diretes, Luis XVI le concedió una pensión; pero debía usar vestiduras de mujer. En 1791, solicitó un nuevo puesto en el ejército “son coeur se revoltait contre sa coiffe et ses jupes”. Al morir en Londres en 1810, los periódicos afirmaron que era hombre. Pero lo indiscutible es que este extraño personaje de la diplomacia poseía indudablemente altas condiciones para el oficio.Una de las normas fundamentales de la diplomacia –la cuestión de precedencia- ha originado episodios curiosos, simplemente pintorescos unos, lamentablemente trágicos otros. Según la cuestión de precedencia, todos los países son jurídicamente iguales. Pero en la práctica, ésta igualdad de derecho encuentra escollos en una desigualdad de hecho y provoca conflictos que son famosos en la historia. El más serio de estos incidentes fue el asunto de los coches en Septiembre de 1661, en Londres, con motivo de la recepción del embajador de Suecia. El embajador de España, llamado Watteville, envió su carruaje con algunos hombres de su séquito y una escolta de unos 40 sirvientes armados. El coche del embajador francés, conde d’Estrades, y la carroza que había de ocupar el nuevo embajador de Suecia se encontraban ya en el lugar de donde partiría la comitiva.En el carruaje francés iba el hijo de d’Estrades con algunos caballeros del séquito del embajador, seguido de una escolta de 150 hombres, de los cuales 40 llevaban armas de fuego. En cuanto el embajador sueco tomó asiento en la carroza real, el carruaje del representante francés trató de colocarse inmediatamente detrás. La representación española se negó firmemente a cederle la precedencia, lo que originó una verdadera batalla campal. Los franceses se lanzaron sobre los españoles espada en mano, empuñando pistolas, tratando de abrirse paso a fuerza de tiros y estocadas. Pero los españoles, enardecidos, mataron los caballos del carruaje francés, echaron al cochero del pescante y mataron al postillón. No teniendo quien los dificultara en su intento –eliminados los franceses- los españoles ocuparon el primer puesto inmediatamente después de la carroza que conducía el embajador de Suecia. Pero las cuestiones diplomáticas no terminan tan pronto. Luis XIV –el rey más poderoso de la Tierra en ese entonces- hizo temblar a Europa con su ira al tener conocimiento de lo ocurrido. Ordenó que el embajador de España en París abandonara inmediatamente el reino al mismo tiempo que ordenaba a su representante en Madrid que exigiese el castigo de los culpables y el compromiso solemne de que jamás los embajadores españoles volverían a disputar a los franceses la precedencia en las cuestiones de ceremonial. Cualquier negativa a las condiciones impuestas significaría la guerra. Por supuesto que Watteville fue sacrificado. El Marqués de la Fuente como embajador extraordinario fue a Francia a desautorizar la conducta del flamenco Watteville y a proclamar a la faz de la Tierra que el monarca español había prohibido a todos sus embajadores disputar a los representantes del rey de Francia la cuestión de la precedencia. Fue en Versalles, ante el mismo Luis XIV, donde el embajador de la Fuente dejó establecido que el valor físico era a la diplomacia lo que la ceguera a la pintura.La cuestión fue definitivamente resuelta en el Pacto de la Familia el 15 de agosto de 1761, estableciendo que en Nápoles y en Parma, donde los soberanos pertenecían a la Casa de Borbón, el embajador de Francia tendría siempre la precedencia; pero en las otras cortes, la precedencia se determinaría por la fecha de llegada, teniendo prioridad Francia en el caso de que los dos embajadores hubiesen llegado el mismo día.
Autor: Pablo Rojas Paz. Hombres y momentos de la diplomacia. Colección Oro de Cultura General. Ed. Atlántida Bs. As. 1946
Fuente informática: http://www.lasrelacionespublicas.com/diplomacia-origen-de-la-palabra-2/

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